Gaxate es un pueblo bendecido por Dios. No por lo que tiene, sino por lo que ha vivido.
Todo empieza lejos
Todo empieza lejos. No en cualquier sitio. En Nueva Orleans. En el Mississippi. En Luisiana, una tierra marcada por sus raíces francesas y españolas, por los barcos de vapor que recorrían el gran río y, años después, por aquella música nueva que comenzaría a escucharse en lugares como Storyville y que el mundo acabaría llamando jazz. Hasta allí llegó Domingo Piñeiro. No emigró a California ni a Montana. Emigró a Nueva Orleans. Y, visto desde Gaxate casi dos siglos después, cuesta no encontrar algo extraordinario en aquella elección.
El dinero volvió con aquellos emigrantes, pero con él regresó algo quizá todavía más importante: una nueva forma de mirar el mundo. Los descendientes de Piñeiro continuaron viajando. Su nieta Agripina Contreras Piñeiro conoció la Riviera Francesa. Francia otra vez. Otros nietos y bisnietos vivieron en Lisboa. América, Francia, Portugal y, siempre al final del camino, Gaxate.

El Gaxate de las villas, los coches y la música
Fueron ellos quienes ayudaron a construir aquel Gaxate icónico que todavía hoy podemos imaginar. La entrada señorial flanqueada por plátanos, las villas elegantes, los primeros automóviles, la electricidad, las fiestas, las reuniones, la música. Durante unas décadas, en este pequeño lugar del interior de Pontevedra pareció instalarse una inesperada sofisticación traída desde el otro lado del océano. Gentes que habían partido en busca de prosperidad regresaban para levantar sus casas, disfrutar de ellas y demostrar, quizá también a sí mismos, que por muy lejos que hubiesen llegado nunca habían olvidado el lugar del que procedían.
Y muchos de ellos, al final de sus vidas, regresaron para siempre a Gaxate.
Cuando aquel mundo comenzó a apagarse
Pero nada permanece intacto.
Durante la segunda mitad del siglo XX aquel esplendor comenzó lentamente a desvanecerse. Las fiestas fueron quedando atrás. La música dejó de escucharse detrás de algunas ventanas. Los coches que un día habían provocado admiración desaparecieron de los caminos. Las grandes villas comenzaron a apagarse. Algunas envejecieron en silencio; otras se acercaron peligrosamente al abandono y al colapso. Detrás quedaron las conversaciones, los sueños y las vidas de quienes las habían construido.
Parecía el final.
Como si alguien hubiese llegado a la última página de un libro extraordinario y, después de leer la última frase, hubiese cerrado también la contraportada. Un libro que, con el paso de los años, amenazaba con desaparecer no solo en su contenido, sino también en su forma.
Y, sin embargo, la historia seguía escribiéndose.
Una niña llamada Lola
Precisamente en 1952, cuando aquel mundo comenzaba lentamente a declinar, a miles de kilómetros de distancia nació un niño en Brasil.
Su madre había visto por primera vez la luz de este mundo en 1925. Había contemplado aquí sus primeras estrellas y había crecido escuchando el sonido de un río descendiendo de las montañas. Había nacido en Gaxate.
Su nombre era Lola.
Con apenas seis años, Lola emigró junto a sus padres a Salvador de Bahía. Allí creció y, con veintiséis años, dio a luz a aquel niño. Mientras él recorría las calles de Salvador difícilmente podía imaginar cómo era aquel pequeño lugar gallego del que su madre hablaba. Antes de conocerlo, Gaxate solo podía existir para él a través de los ojos de Lola.
Pero ella hizo algo decisivo: consiguió que su hijo quisiera una tierra que todavía no conocía.
Le habló de ella. Le transmitió sus recuerdos, su respeto y un cariño que la distancia no había conseguido borrar. Y, sin saberlo, fue dejando en aquel niño uno de esos hilos invisibles que el destino tarda décadas en terminar de tejer.
Lola y su marido, Manolo, regresaron con sus hijos a Gaxate en 1965 para enseñarles por primera vez el lugar del que tanto habían oído hablar. A partir de entonces volvieron siempre que pudieron.
Un pequeño Gaxate en Salvador de Bahía

Pero Gaxate también había aprendido a sobrevivir al otro lado del Atlántico.
En Salvador de Bahía, los vecinos procedentes de Gaxate se reunían los domingos y en las fechas señaladas. Las celebraciones del pueblo gallego encontraban su réplica en Brasil. Se encontraban, hablaban, recordaban y mantenían vivo un vínculo que miles de kilómetros de océano no habían conseguido romper. Manolo llegó a ser presidente de ASAGA, la Asociación de Amigos de Gaxate. De alguna manera, mientras el viejo Gaxate comenzaba a apagarse en Galicia, otro pequeño Gaxate seguía vivo en Salvador de Bahía.
Aquel niño se llamaba Carlos Suarez
Y aquel niño creció.
Estudió, se convirtió en ingeniero y construyó una trayectoria empresarial extraordinaria.
Aquel niño se llamaba Carlos Suarez.
Los emigrantes de Gaxate que lo habían precedido habían protagonizado historias admirables de esfuerzo, ambición y prosperidad. Carlos escribiría la suya, distinta y excepcional, pero reducirla al éxito o a la fortuna sería probablemente no haber entendido lo esencial.
Porque lo verdaderamente importante para Gaxate no fue cuánto consiguió Carlos.
Fue que nunca rompió el hilo.
Nunca rompió el hilo
Señora Lola había conseguido que su hijo sintiese como propia una tierra situada al otro lado del océano. Y muchos años después Carlos hizo exactamente lo mismo con sus hijos y con su familia. Les transmitió aquel respeto, aquel cariño y aquel vínculo profundo con Gaxate que él había recibido de su madre.
Un vínculo que, para quienes somos simples espectadores, llega incluso a resultar sorprendente.
Porque ya no estamos hablando únicamente del recuerdo de quien nació aquí. Ni siquiera del cariño de un hijo por la tierra de su madre. Estamos hablando de generaciones nacidas a miles de kilómetros que continúan sintiendo respeto, responsabilidad y afecto por un pequeño lugar de Galicia que podrían perfectamente haber olvidado.
Pero no lo hicieron.
Quizá ahí se encuentre la verdadera fortuna de esta historia.
No en lo que una familia consiguió acumular, sino en aquello que fue capaz de transmitir.
De padres a hijos. De madres a hijos. De abuelos a nietos. De Gaxate a Salvador de Bahía y de Salvador de Bahía otra vez a Gaxate.
Todavía quedaban mil páginas por escribir
Y cuando parecía que todo había terminado, cuando las villas se apagaban, cuando las fiestas eran ya recuerdos y la última página de aquel viejo libro parecía escrita, los hilos que una niña llamada Lola había llevado consigo al cruzar el Atlántico comenzaron, muchas décadas después, a regresar.
Quizá el destino llevaba todo ese tiempo escribiendo.
Porque Gaxate no necesitaba solamente recursos para recuperar su historia. Necesitaba a alguien que la quisiera.
Y lo encontró.
El libro nunca se había cerrado del todo.
Solo había permanecido durante un tiempo esperando.
Esperando a aquel niño nacido en Brasil en 1952. Esperando al hijo de Lola. Esperando a que los recuerdos transmitidos en una casa de Salvador de Bahía atravesasen nuevamente el océano.
Y esperando, quizá, a que Carlos Suarez y su familia comprendiesen que les correspondía escribir las páginas siguientes.
Por eso Gaxate parece, a veces, un pueblo bendecido por Dios.
Porque cuando parecía que su historia terminaba, alguien había nacido a miles de kilómetros para continuarla.
Y donde parecía quedar únicamente una contraportada, todavía quedaban mil páginas por escribir.

